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Here comes the candle {Priv. Rinne A. Payne}

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Here comes the candle {Priv. Rinne A. Payne}

Mensaje por Nox el Jue Abr 03, 2014 7:31 am

Oranges and Lemons, say the bells of Saint Clement's...

Se supone que son relajantes y hermosas; étereas en lo efímero, definitivamente un enorme aliciente en las bellas artes: inspiración para poetas y filósofos y pintores y lo entiendo, honestamente. Pero aún odio las puestas de sol.

You owe me five farthings, say the bells of Saint Martin's...

Probablemente porque no puedo dejar de asociarlas con el fuego y el olor de la carne quemada.

When will you pay me? Say the bells of Old Bailey...

Tiempo atrás, en la época de la caza de brujas -y me siento algo viejo cuando recuerdo que yo viví gran parte del período-, las ejecuciones se harían al atardecer, a veces en las madrugadas y ocasionalmente, si el crimen era 'asquerosamente ofensivo' -que era cuando se trataba de alguien que la iglesia realmente quería fuera del camino-, por las noches, pero la verdad es que la gente era ignorante y los rumores que decían que al anochecer los poderes de Satán acrecentaban parecían una regla indiscutible.

When I grow rich, say the bells of Shoreditch...

Realmente no me importan los humanos, realmente que no, pero incluso siendo apático y moderadamente sádico no encontré ninguna especie de placer en verlos retorcerse en la hoguera o en escuchar los espeluznantes alaridos de dolor inconcebible que parecían llenar el aire. Juraría que, incluso horas después del deceso, esos gritos seguían haciendo eco. Y tenía que estar ahí, ver la escena aún cuando no me correspondía, porque vaya que se ensañó la iglesia católica y, en su momento, la protestante también. Mi madre jamás pensó que habría tanta necesidad de muerte y por entonces la producción de cosechadores era considerablemente menor -bueno, tener miles de engendros y cada uno con su personalidad especial no es cosa fácil-, así que fue una labor para todos: aquellos destinados a los accidentes, a las enfermedades -como yo-, a los asesinatos y hasta a la muerte que viene con el tiempo -los más sabios y, por tanto, arrogantes de todos-, todos tuvimos que jugar un papel, y aún así hacer nuestro trabajo usual. Hasta que sucedieron las grandes guerras, honestamente pensé que eso sería lo más pesado que haría en la vida.

When will that be? Say the bells of Stepney...

No creí que un cosechador, en especial yo, pudiera tener traumas, pero supongo que este sí me quedó grabado. Pero mierda que si lo dejaré arruinarme la vida.

I do not know, says the great bell of Bow...

Las clases terminaron hace dos o tres horas, y cuando normalmente ya me habría quedado a dormitar en alguna esquina o largado a vagar por la ciudad, decido permanecer en el patio del instituto. A diferencia de los jardines, donde la enorme vegetación es el atractivo principal, aquí se siente un poco más la esencia de la urbanización. Las florestas están bardeadas; confortables murillos de la altura perfecta para funcionar como asientos. Hay mesas con bancas en diferentes puntos, por si los estudiantes deciden tomar el almuerzo o trabajar en sus portatiles. Ligeros toques de civilización para la comodidad del alumnado, nada más.

Here comes the candle to light you to bed...

Estoy sentado en una de las mesas más alejadas, aunque no haría falta en todo caso. Aparte de mí sólo hay otras dos personas charlando a la distancia, el resto habiendo huído del colegio tan pronto sonó la campanilla. El sol se está metiendo en el horizonte y lo observo, totalmente decidido a no permitirle vencer. Aún faltan diez o quince minutos antes de que quede totalmente escondido tras las lejanas montañas de Somerset, y lo veré desaparecer aún sea lo último que haga. Cierro los ojos.

And here comes the chopper to chop off your head...—tarareo suavemente, porque me siento un poco irónico y un poco deprimido, y si esa hermosa canción no es la representación de la ironía y la depresión entonces no sé qué lo es.


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Re: Here comes the candle {Priv. Rinne A. Payne}

Mensaje por Rinne A. Payne el Vie Abr 04, 2014 11:06 pm

Originalmente tenía la costumbre de pasarse por la escuela cuando la noche ya estaba perfectamente establecida, sin embargo, esta vez el cielo aún conservaba sus tonalidades entre amarillas, anaranjadas y quizá un poco rojizas. Rinne había decidido quedarse unos momentos por el patio del lugar, había llegado hasta allí tras dejar las clases con los chicos a quienes les enseñaba lo básico sobre el uso de la katana y algunas otras armas corto punzantes, sin embargo, las clases de Rin siempre mostraban como utilizar el arma sin necesidad de usarla para matar. Estaba de más decir que el demonio que pendía de su espalda con fatídica sonrisa, no paraba de decirle que por mucho que evitara las muertes, su sangre, su esencia, su familia y su alma irían a parar a un lugar muy lejos de donde los ángeles cantaban. Y Rinne ya lo sabía, lo había entendido desde el momento en que plantó su sangre como intermediaria entre Raizel y él. No penaba por aquello, pues tenía una vida que vivir hasta que el momento llegase; echarse a morir por aquello no resolvería nada además, gracias a Raizel al menos podía hacer algo por su familia, por su madre quien era, la única persona que aún le llamaba "hijo".

La risa no tardó en aflorar de sus labios al tiempo que se apoyaba contra el tronco de un árbol. Buscó la caja de los cigarrillos sin mucha suerte, y pronto recordó que para su mala suerte, había dejado la misma en su habitación, por lo que no tendría el agradable y calmante aroma a nicotina rondando a su alrededor. Había salido con su ropa de siempre, con su Katana colgando de su cinturón como lo haría en los antiguos tiempos y es que, aquello lo había copiado de los grandes guerreros de la época del Edo japonés. Puso una de sus manos sobre el mango de su arma y escuchó el susurro. —¿Lo escuchas? —Generalmente, Raizel poseía una personalidad que a cualquiera sacaría de sus casillas pronto, pero Rinne estaba acostumbrado a lidiar con él y por lo mismo, el escucharle "susurrar", ya le pareció extraño. —¿Qué....? —"¿Qué es?" iba a preguntar, pero solo tuvo que esperar unos segundos antes de que una fresca ventisca de la puesta, trajera consigo un par de notas de una canción que no reconoció pero que atrajo su atención hasta donde se encontraba una mesa con un par de bancas, y sentada en una de ellas se hallaba una figura pequeña que apenas pudo admirar desde donde se encontraba.

—¿No es una canción demasiado deprimente? —Murmuró por fin quien colgaba de su prendedor de cabello. Pero Rinne no contestó, sino que se movió hasta donde se hallaba aquél chico, llegando hasta la mesa tras que una nueva estrofa viajara hasta sus oídos. El hijo de Yakuzas se detuvo frente a la mesa con las manos en los bolsillos, pensándose si no hubiera estado mejor el no haberle interrumpido, pero aquello... —Parece una canción adecuada para este atardecer. —...no iría con su forma de ser. Si se lo pensaba bien, podía ser que aquél deseara estar solo, aunque tan pronto como vio su rostro, la expresión de nada absoluta casi pareció decirle en silencio que lo no debía hacer por aquél momento, era dejar solo al muchacho. Una delgada sonrisa se filtró en sus labios y terminó por pedir disculpas por interrumpir. —Lo siento, se supone que no debería haberte interrumpido,  pero no creo que un atardecer sea un buen momento para estar solo. —Rinne no gustaba quedarse viendo ese momento del día, pero si le agradaba ver la ciudad de noche, quizá porque era el momento en que la cara oscura de la misma se hacía visible, incluso aunque muchos eran ciegos ante la misma. —¿Puedo acompañarte? —Aún le quedaba algo de tiempo y, aceptaba que el desconocido de buena voz había llamado su atención. Era extraño que nunca antes hubiera reparado en una figura menuda como la de aquél y en sus orbes carmines se podía ver la curiosidad aflorando.


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Re: Here comes the candle {Priv. Rinne A. Payne}

Mensaje por Nox el Lun Abr 07, 2014 6:55 pm

El aroma llega antes incluso que la presencia de otro ser en las cercanías. Un humano, advierte mi cabeza, y abro los ojos apenas a tiempo para verlo detenerse frente a mi lugar. Es alto y su rostro sereno es indudablemente atractivo, pero mi vista se detiene particularmente en la espada japonesa que cuelga de su cinturón, casi en segundo plano distinguiendo el olor característico de un ser de oscuridad proveniente de su colgante. Pactante, añado mentalmente. Si la palabra 'amenaza' intentó forzarse en algún momento se desvaneció de inmediato, pues el hombre no despide otra cosa que calma e incluso simpatía. Pero es humano y su condición me pone en un dilema.

Así que también lo has notado—murmuro más para mí que para él. Normalmente ya me habría puesto pesado con él, exigido que pague su cuota, esas cosas, pero no me siento de humor y, además, técnicamente su deuda ya no es con mi madre sino con el demonio que cuelga de su cuello. Me siento algo indulgente, decido, y desde luego no tiene nada que ver con el hecho de que este sujeto me calme y me haga olvidar mi problema inmediato. Claro que no—. Hn. No soy uno para atardeceres, pero puede que esté de acuerdo contigo.

Vuelvo la mirada a la escena en cuestión. Me sorprende que los colores cálidos que pintan el cielo como fuego no tengan un impacto tan desagradable ahora, o que la imagen del sol ocultándose, derritiéndose tras las colinas no me provoque alucinaciones auditivas, pero jamás admitiré que la compañía tiene algo que ver. Trato de no mirar al humano cuando pide mi consentimiento para acompañarme, mi mirada fija en el ocaso, pero aún puedo sentir el rostro levemente caliente ante la oferta. Es un hombre moderadamente atractivo, y remarco en lo moderado, y no he olvidado en qué clase de lugar estamos. Pero por el momento decido dejarlo pasar.

Como quieras—arrastro con toda la pereza que soy capaz de expresar, hundiéndome aún más en el asiento y entrelazando los brazos. Se me ocurre que estoy siendo repelente, lo que, va, no es extraño, pero también reparo en el hecho de que no quiero estar solo ahora, aunque claro que podría si quisiera, pero he dicho que no quiero, así que—¿Cómo te llamas? No quiero seguir llamándote Humano en mi cabeza—pregunto, esta vez centrando mi atención en él. Mis ojos bajan desde los suyos castaños hasta el prendedor donde descansa su demonio—. ¿Y él? ¿Quién es?—huele a poder, eso sí, y me recuerdo que tendré que andarme con cuidado—. ¿Cómo entró ahí?—lo que en realidad quisiera preguntar es si puede salir, o si tiene alguna especie de control sobre él, pero decido no ser tan directo a razón de no ofender al ser demoniaco. Hay ciertos límites que ni siquiera yo cruzaría.

Gome~:
¡Uwaah! ¡Lamento la tardanza! Tuve un ligero bloqueo y realmente no podía escribir nada sensato. Incluso esto me parece muy pobre pero con algo de suerte me recuperaré pronto. ¡Lo siento! orz


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Re: Here comes the candle {Priv. Rinne A. Payne}

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